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Luis César Sampedro, el fracaso de la testarudez 

Luis César Sampedro abandona el Real Valladolid dejando un legado de problemas y, ante todo, de pocas soluciones ante el devenir de una exigente competición

De puertas hacia dentro del Estadio José Zorrilla, Luis César Sampedro llevaba ya varias semanas fuera del Real Valladolid.  Estaba “sentenciado”. Desde el Club no se confiaba en él y no se valoraba ni su trabajo ni su presencia. Pasaban las jornadas y parecía que el gallego terminaría la temporada por la falta de soluciones y medidas que ofrecía el Club. La derrota (1-0) en Tarragona ha cambiado todo y el Club ha asumido la responsabilidad deportiva de un equipo con problemas muy definidos pero poco trabajados y solucionados desde el banquillo. El mayor problema de la etapa del entrenador gallego en el Estadio José Zorrilla no ha estado en la creación de problemas ya que todos los equipos, temporadas y entrenadores tienen sino en poca solución que el míster ha dado a esos problemas, tan localizados como poco minimizados.

Luis César Sampedro, en el Nou Estadi de Tarragona, su último duelo como blanquivioleta | <em><strong>Foto: Laia Solanellas</strong></em>

Luis César Sampedro, en el Nou Estadi de Tarragona, su último duelo como blanquivioleta | Foto: Laia Solanellas

Un ‘perfil bajo’
Llega un entrenador al Real Valladolid y yo, automáticamente, confío en él. Por qué no hacerlo. El caso de Luis César Sampedro no fue diferente. Llegó al Estadio José Zorrilla y me gustó su propuesta, su idea y, ante todo, su experiencia. Era un ‘perfil bajo’ pero era, a su vez, lo que necesitaba el Real Valladolid. Un cuarto año en Segunda división obliga a ver al equipo como un equipo de ese perfil bajo con el que llegaba Luis César. Me parecía sensato que Miguel Ángel Gómez se centrase en él para este equipo. Un preparador que rozaba casi los 400 partidos en Segunda era, sobre el papel, el perfil idóneo para este Pucela.

La historia comenzaba bien. Una pretemporada peculiar, con muchos partidos y pocas sesiones de entrenamiento, que querían hacer de este Real Valladolid un equipo de competición. El Pucela 2017/2018 tenía un estilo definido desde el primer día y, por consiguiente, tenía una identidad. Se vía dos versiones del Pucela, una con balón y otra, sin él. En los dos o tres primeros meses, el Pucela parecía un equipo que sabía muy bien qué necesitaba y cómo lo tenía que buscar.

En la victoria (4-1) ante el Córdoba CF se pudo ver, resumido, en 90 minutos, cuál era la idea de este equipo. Parecía difícil no ilusionarse y más tras la goleada copera (0-4) ante la Cultural y Deportiva Leonesa. El Estadio José Zorrilla vivía en una nube pero todo se trastocó. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? No se sabe con exactitud pero el equipo comenzó a entrar en una barrena  de la que ya nunca saldría. Amagaría con abandonar esa dinámica pero sólo sería un pequeño engaño de su realidad.

Poco a poco al Real Valladolid le costaba dominar los partidos y los detalles propios de la evolución del equipo se tornaban en problemas graves. Dudando de todo, de la planificación y de la puntería, incluso, el equipo blanquivioleta comenzó a dar tumbos. No se había llegado ni al mes de diciembre y todo lo trabajado, ganado e ilusionado se tornaba en dificultades, problemas y limitaciones. Antes de cerrar 2017, Luis César rozó la destitución. En unas pocas semanas se pasó de aplaudir su lectura de las dimensiones de los terrenos de juego y de los partidos a criticar todos sus movimientos, pese a ser similares a los anteriores.

Sin adaptación
Ese cambio sobre el míster fue sorprendente porque Luis César no ha cambiado mucho en Valladolid. Es más, no cambiar ha sido su problema. Este Pucela tenía una identidad muy definida. Tan clara como casi suicida. Los rivales la pillaron y supieron cómo hacerle daño. Francisco Rodríguez, del Club Deportivo Lugo, mostró cómo atacar a este Real Valladolid y, posteriormente, todos lo copiaron.

La categoría sabía cómo atacar a Sampedro pero Luis César no quiso cambiar. Sabía los problemas pero nunca los atacó con suficiencia. Con perspectiva se ve que su análisis al comienzo de la segunda vuelta apenas fue retrasar las líneas del equipo. La concepción era la misma. Como escribí hace un par de semanas en ‘Lugoslavia.gal’, el principal problema de Luis César ha sido futbolístico. No ha sabido adaptarse a la exigencia, problemas y realidades de la categoría, pareciendo esperar que fuera la competición la que se adaptase a él.

Viendo esa testarudez se entiende cómo un entrenador con más de 400 partidos en Segunda división nunca ha estado en la élite del fútbol español, más allá de la oportunidad que él se ganó subiendo al Gimnàstic de Tarragona en 2006. La experiencia es un grado pero, en su ocasión, sólo uno. Añadiéndole la compresión de la situación y los problemas naturales de la competición, este cuento hubiera sido muy diferente.