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El fútbol, un «negocio» que no promulga la justicia 

El fútbol merece una evolución, unos cambios que él mismo está pidiendo

“El fútbol moderno y sus dirigentes han convertido a este deporte en un sucio negocio. Antes era mucho más”. Todos aquellos que vibramos con el fútbol hemos oído estas palabras en algún momento reciente. Ésta resulta ser una afirmación exagerada, como todas aquellas que se llevan al extremo y que se producen por una animadversión concreta. Más allá de fobias, esta opinión, respaldada por un amplio sector del entorno del fútbol, merece una reflexión. La merece y la necesita como muchos otros aspectos en el fútbol. Este maravilloso deporte merece cambios. No deben ser permutas obligadas ni creadas sino aquellas que la propia evolución del fútbol está pidiendo. Con todo lo que este deporte maneja, es un sacrilegio ver la antigüedad que existe con temas tan importantes como las expulsiones y las sustituciones. Más allá de la tecnología hay motivos que mejorar. Muchos y más importantes.

Trujillo Suárez expulsando a Ripa (RV.es)

Trujillo Suárez expulsando a Adrián Ripa

Lógico, hasta llegar al fútbol
Por fortuna, el fútbol no es una ciencia exacta. Una opinión o una decisión son tan válidas como otras bien diferentes porque ambas puedes funcionar. A nivel táctico, técnico o físico todas las opiniones tienen su parte de validez. Partiendo de la idea de que todas son lógicas, el acierto, por mínimo que sea, se presupone en ellas. Que, con estas decisiones, se consiga el éxito no es decisión sólo de aquellos que las toman. A la hora de la verdad, alrededor de una medida futbolística hay muchos factores que influyen y que restan parte de la importancia y el sentido del llamado “negocio”. Debatamos sobre ello. ¿A un negocio le interesa verse condicionado desde su inicio? ¿A un negocio le viene beneficia para tener éxito que se reste en igualdad? ¿Es positivo para un negocio dar más protagonismo del necesario a la fortuna?

Estas son preguntas con una contestación unánime: “no”. La respuesta es segura hasta que ese término “negocio” se cambia por “fútbol”. Comprobémoslo. ¿Al fútbol le interesa que un equipo se pueda quedar en inferioridad desde el minuto cuatro, como le ocurrió al Numancia el sábado en el estadio José Zorrilla? ¿Al fútbol le viene bien ser el único deporte en el que la inferioridad es gran protagonista y parte vital del juego? ¿Es positivo para el fútbol que las lesiones y la mala fortuna sean consideradas como lógicas? Ya no es que no interese tratarlo, es que “es parte del fútbol”, como dicen algunos. Esta justificación se habrá oído en muchas ocasiones pero ésta es una reflexión injusta y, sobre todo, antigua. El fútbol es negocio pero no sólo en el mal sentido. Curiosamente el único que se menciona. Lo es para lo bueno, para lo malo y, también, para lo elogiable y para lo criticable. Es más que un juego porque son muchas las personas que viven de que un balón entre en una portería. Cientos de personas trabajan en el fútbol lejos de los focos y ellos también sufren que un error tenga un castigo de más de 100 minutos de inferioridad o que una desgracia física valga lo mismo que un capricho deportivo.

El éxito o el fracaso se distancian sólo por unos pocos centímetros y la fortuna tiene mucho protagonismo. Tristemente, el fútbol le otorga más y nadie quiere hablar sobre ello. Y lo que es peor, nada quiere solucionarlo. El debate sobre la implantación de la tecnología ocupa toda la posible evolución del fútbol y es un error. Antes de implantar por gusto hay que hacerlo por necesidad, por evolución y por exigencias del propio deporte y ahí, no entra, de momento, la tecnología.

Una entrada para cuatro minutos
El deporte es un espectáculo en el que se busca ofrecer al espectador una diversión. Tristemente, nada del espectáculo que se ofrece al vender una entrada se pudo ver el pasado sábado en el estadio José Zorrilla. Adrián Ripa era expulsado antes de llegar al minuto cinco. Con su marcha, los aficionados del Numancia podrían haberle copiado y abandonar el estadio blanquivioleta. Su partido y su espectáculo habían terminado. La entrada que ellos habían pagado se había terminado cuando no se había llegado ni al 6% del encuentro. El negocio de los sorianos estaba en inferioridad al de los pucelanos, igual que el de los blanquivioletas estuvo coartado en Tenerife hace sólo unas semanas con la expulsión de Jonathan Pereira.

En baloncesto, el que la hace, la paga pero sólo él. El equipo no se resiente más allá de su pérdida. Igual ocurre en balonmano o en fútbol sala. Hay expulsiones pero no inferioridades fijas. Sí momentáneas. El hecho de que tu dedicación, tus objetivos y tu futuro se basen en una medida que ya es inamovible durante el partido es injusto para un “negocio” con demasiadas exigencias pero, también, muchas necesidades.

La medida de dar total validez a una inferioridad fija es incomprensible como lo es que una sustitución obligada valga igual que una consentida. Los propios términos demuestran injusticia. Tal sinrazón es colocar ambas opciones al mismo nivel como cerrar la posibilidad de sustituir tras la tercera ocasión. Realizadas las permutas consentidas por el reglamento, el juego sigue y el “negocio” no para. Perder a un jugador desvirtúa una competición que no promulga una justicia vital en un deporte que, por momentos, se convierte en necesidad. Hay mucho en juego y dejar que el fútbol evolucione es primordial. Poner trabas y anclarse en el pasado no ayuda. Las expulsiones, las inferioridades y las sustituciones son temas primordiales que hay que atacar como, también, hay que hacerlo con la redacción y validez de las actas. Éste es otro tema escabroso que condiciona el fútbol y que pide evolución pero sobre el que parece que ya se puede haber cambiado la visión. Ojalá sea cierto.